Vivimos en una época en la que aquello que Hostos denominó el «Principio de las grandes nacionalidades» ha devenido una realidad palmaria. El retorno a las fuentes primigenias de nuestro ordenamiento constitucional es un reclamo de la necesidad de saber a qué atenernos como sociedad, en aras de garantizar la permanencia en el espacio y en el tiempo del Estado-nación que nos es propio. Altas miras y rediseño de imaginarios colectivos, caracteres y mentalidades tienen por fuerza que pasar a ocupar lugares de preeminencia en las agendas de los políticos, los educadores, los gobernantes y los gestores del consenso social en el presente. Las nociones de hombre y de nación están llamadas a desempeñar un rol de primera importancia de cara a la presente encrucijada de la humanidad y de esa forma específica de ser hombre que es la dominicanidad.
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