La filosofía educativa de Hostos y sus críticos en la República Dominicana

The educational philosophy of Hostos and its critics in the Dominican Republic

 

Morla, Rafael

Universidad Autónoma de Santo Domingo, República Dominicana

morla.rafael@gmail.com

 

Recibido: 2025/10/16 - Publicado: 2025/11/09

 

CÓMO CITAR:

Morla, R. (2025). La filosofía educativa de Hostos y sus críticos en la República Dominicana. La Barca de Teseo, 3(1), pp. 1-10. https://labarcadeteseo.org/index.php/revista/article/view/124

 

 

RESUMEN

En este trabajo se examina el legado intelectual y pedagógico de Eugenio María de Hostos, figura decisiva en la historia educativa y filosófica del Caribe. Su tránsito del krausismo al positivismo, y finalmente a una síntesis ilustrada propia, revela un pensamiento que buscó unir razón, ciencia y ética en la formación del ciudadano libre. Desde su llegada a Santo Domingo en 1875 y la fundación de la Escuela Normal en 1880, Hostos promovió un modelo educativo emancipador basado en la autonomía de la razón, la crítica social y la igualdad ante la ley. Su magisterio enfrentó con firmeza las estructuras del poder político y eclesiástico, que veían en su escuela laica y racionalista una amenaza al orden tradicional. A pesar de la resistencia de la Iglesia y del autoritarismo trujillista, su proyecto humanista sobrevivió como semilla de una pedagogía liberadora y de una ética de la ciudadanía. En este texto se reinterpreta a Hostos como un ilustrado antillano que convirtió la crítica en método de emancipación y la educación en fundamento de la dignidad humana.

 

PALABRAS CLAVE

Antillanismo, modernidad, libertad, filosofía de la educación, emancipación moral

 

ABSTRACT

This study examines the intellectual and pedagogical legacy of Eugenio María de Hostos, a decisive figure in the educational and philosophical history of the Caribbean. His transition from Krausism to Positivism, and ultimately to an original Enlightened synthesis, reveals a thought committed to uniting reason, science, and ethics in the formation of the free citizen. From his arrival in Santo Domingo in 1875 and the founding of the Escuela Normal in 1880, Hostos promoted an emancipatory educational model grounded in the autonomy of reason, social critique, and equality before the law. His teaching firmly confronted the political and ecclesiastical powers that regarded his secular and rationalist school as a threat to the traditional order. Despite resistance from the Church and the authoritarianism of the Trujillo regime, his humanist project endured as the seed of a liberating pedagogy and an ethics of citizenship. This essay reinterprets Hostos as an Antillean Enlightenment thinker who transformed critique into a method of emancipation and education into the foundation of human dignity.

KEYWORDS

Antilleanism, modernity, freedom, philosophy of education, moral emancipation

 

 

 


introducción

Eugenio María de Hostos nació en Puerto Rico el 11 de enero de 1839, y murió en Santo Domingo en agosto de 1903, aquí descansan sus restos, en espera de que su patria de origen se libere del imperialismo, y puedan  descansar en la morada final. Educador, y por tanto, forjador de hombres y mujeres, al servicio de un gran ideal de patria, antillanismo y americanismo. Fue la impronta del espíritu de Simón Bolívar, que de tanto crear patrias, se le ocurrió un día ensayar si no era mejor, que todos nos uniéramos en una sola, y así surgió la Gran Colombia, que desde entonces quedó  instalada como un referente de  las naciones hispanoamericanas, que luchaban por su independencia económica, política, social y cultural.

En mi libro Modernidad e ilustración en Hispanoamérica, escribí que Hostos es un hombre que estaba  a nivel de la cultura de su tiempo histórico. Un humanista que con sentido electivista asume creativamente la herencia cultural de la humanidad y le imprime su propio espíritu. Fue al principio krausista, luego positivista, y al final de su vida intelectual, no era ni una cosa ni la otra, porque era mucho más, era Eugenio María de Hostos. Y es precisamente en la búsqueda de su ser intelectual, que deja ver, que queda al desnudo su condición de ilustrado. Su visión de la ciencia le viene del positivismo; su vocación y su permanente apetito de integridad constituyen una herencia del krausismo, mientras que su crítica a la escolástica, su desprecio al despotismo, su lucha por la libertad, su racioempirismo, son productos de la ilustración” (Morla, 2010, p.196).

Generalmente a Hostos se conoce como positivista, rara vez como krausista y nunca como ilustrado, pero en verdad, él era las tres cosas. Siempre busco lo mejor de cada propuesta, para construir la suya propia, y alumbrar el camino de la lucha en contra del colonialismo, la ignorancia, la intolerancia, la desigualdad, la esclavitud, en fin de todas las formas de alienación y empobrecimiento social y moral del ser humano. Mantuvo una actitud crítica frente a las corrientes pedagógicas, científicas, filosóficas y artísticas. Ningún proceso social; la revolución francesa, el colonialismo, el sistema esclavista; ningún pensador; Comte, Spencer, escapó al fuego de la artillería de Eugenio María de Hostos. La crítica, tanto como uso público de la razón, y como método para mostrar y evidenciar los males sociales, y reponer las injusticias, es una herencia de la ilustración en el pensador antillano.

Llegada de Hostos y los primeros graduandos

Hostos llega a Santo Domingo en 1875, pero la Escuela Normal, la obra esencial de sus vida, arranca en 1880. Con unos cuantos colaboradores, y no menos detractores y opositores, dio manos a la obra, y el 28 de septiembre de 1884, con su orientación y absoluto cuidado, se graduaron los primeros maestros, (seis en total) cuyos nombres recoge la historia patria, son ellos: Francisco José Peynado, Félix Evaristo Mejía, Arturo Grullón, Lucas T. Gibbes, José María Alejandro Pichardo y Agustín Fernández.

Ese día, con motivo del acto de investidura, Hostos, pronunció el más importante discurso académico, moral y patriótico, que se haya pronunciado en la historia de la República Dominicana, dicho discurso, se levanta sobre la base de una visión de la sociedad y del dominicano de  entonces. Cada pregunta planteada por el filósofo y educador es un destello de luz: ¿Cuál es la realidad social dominicana? ¿Qué herencia tenemos? ¿Con qué contamos? ¿Hacia dónde vamos?

Estas preguntas radicales, que van a la raíz del problema, generan angustia y preocupación, en cualquier época y circunstancia en que se planteen, ayer, como hoy, y probablemente, mañana.  Pero quien se hace estas preguntas en serio, y Hostos lo era como nadie, está  en condiciones de dar un paso hacia adelante, y plantearse estas otras:  ¿Qué hacer? ¿Cómo superar los males sociales? ¿Cómo encaminar la agenda de la transformación y los cambios que estaban pendientes bajo los cielos de la república? Su respuesta fue clara: el camino es el de la educación. El pueblo dominicano (agárrense), son palabras de Hostos, “no puede desarrollarse, y por tanto, no puede mejorar las condiciones de su vida, ni realizar el fin de su existencia, sino gracias y mediante s continua y progresiva educación” (De Hostos, 1979, p. 146).

El contenido liberador del magisterio de Hostos

A la luz del Discurso de graduación mencionado, y dirigiéndose a los primeros graduandos, salidos de su mente y manos, las tareas que le asigna el maestro son las siguientes: luchar contra los males que están vivos al nivel de la cultura espiritual de la sociedad, y que en el momento en que  asume el enérgico papel de sujeto actuante, visualiza como una triste, pesada y farragosa herencia de la colonia. Vistas así las cosas, Hostos, se proyecta ante nuestros tiempos como un emancipador espiritual del pueblo dominicano. Para superar la ignorancia propone recorrer el camino de la educación; para superar el error buscar la verdad; para superar el subdesarrollo y la dependencia, el progreso y la modernización de la vida material y social; para superar el despotismo, la democracia; para vencer la esclavitud, la libertad; para vencer la intolerancia religiosa, la libertad de cultos; para que haya moralidad social, el cultivo de las virtudes morales; y para superar las injusticias, la igualdad de todos ante la ley.

El choque vino porque el programa educativo de Hostos buscaba formar hombres y mujeres libres, emancipados espiritual y socialmente; porque defendía la libertad de pensamiento y de cultos, y porque se condenaba toda forma de barbarie, tiranía y opresión social y política, y todo esto terminó por desagradar a los poderes fácticos del momento, la Iglesia y el tirano Lilís, a los que la Escuela hostosiana enfrentó valientemente.

A partir del magisterio de Hostos aparece en la sociedad dominicana un nuevo tipo de intelectual, liberal, republicano, democrático, positivista ilustrado, y organicista. Entre ellos se destacan Américo Lugo, Moscoso Puello, José Ramón López, y Federico García Godoy. La filosofía dominante, antes de Hostos, era la escolástica, por supuesto, no se trata de una escolástica clásica, sino de una forma de entender el mundo y la realidad, que se deriva de esta cosmovisión medieval, y que se va construyendo de experiencias y prejuicios coloniales. Por ejemplo, el racismo, o en su expresión más debilitada, el prejuicio, es un componente importante del colonialismo ideológico, pues, indios y negro, en la escala social, eran considerados inferiores al colono. Cónsonos con la ideología escolástica y el espíritu colonial fueron Emiliano Tejera, Fernando Arturo de Meriño y Manuel de Jesús Galván, que dicho sea de paso, no compartieron el ideal educativo de Hostos.

Hostos y sus críticos

Los poderes fácticos de la sociedad dominicana, en la medida en que el  trabajo de Hostos se afianzaba, comenzaron a combatirlo cada vez más, y la primera graduación de 1884, era la expresión clara de que la cosas iban en serio, porque el insigne puertorriqueño y dominicano de corazón, siempre estableció una relación carnal entre pensamiento y escritura, entre idea y acción, entre vida y obra. Es evidente, que no lo soportaban, porque quería forjar espíritus libres, instalar la autonomía de la razón, la crítica social, en fin, proporcionar herramientas intelectuales y cognitivas, que hicieran posible un diagnóstico del pasado dominicano, así como del presente, todo ello, como parte de una estrategia dirigida a sembrar en el alma nacional, y en cada educando, que los problema de la  Nación, no son eternos, tienen su propia historia, su presente, y que pueden ser estudiados, diagnosticados  comprendidos, y al mismo tiempo,  superados, conforme a un plan diseñado por hombres y mujeres de pensamiento y acción.

En 1888, se publica su Moral social, y en el prólogo a la primera edición, firmado por el autor, se recoge el ambiente tenso existente en la sociedad en torno a la impronta educativa de la Escuela Normal. Hostos lo relata de la manera siguiente:

“Un día se levantaron mis discípulos. Vinieron a mí y me dijeron:

-Maestro, urge publicar la Moral.

-Y ¿por qué urge?

-Porque los enemigos de nuestras doctrinas van por todas partes predicando que son doctrinas inmorales.

-Mal predica, quien mal vive, y mal vive,   quien mal piensa y quien mal dice.

-Si, pero no es tiempo de responder con comparaciones, sino con pruebas.

-Bien predica, quien bien vive.

-Pero no se trata de pruebas de conciencia, que siempre son ineficaces contra los malignos (dicen los alumnos).

-Entonces se trata de pruebas de apariencia, que siempre son eficaces para los benignos (dice Hostos).

-No. Se trata de pruebas contundentes (alumnos).

-Pues eso es inmoral: la moral no contunde.

-Pero hunde y debe hundir a los que calumnian las buenas intenciones .

- Y Hostos contesta: “De ellas está empedrado el infierno, así como de malas intenciones está pavimentado el mundo de los hombres…

Pues entonces no hay que publicar la moral en libros, sino en obras…

-Bien se ve que no basta, cuando nos calumnian…

-Son las calumnias de la propaganda en sentido contrario.

Dejémoslo pasar, que eso no daña, pues el mérito del bien está en ser hecho, aunque no sea comprendido, ni estimulado, ni agradecido, y vivamos la moral, que es lo que hace falta.

-Bien está- afirmaron con desidiosa afirmación, los discípulos -Bien está, pero cuando se pida a las doctrinas calumniadas las pruebas de su  moralidad…

-Y ustedes, ¿qué son, si no son prueba viva de ella? ¿Acaso no lo son? Porque si no lo son, a pesar de los esfuerzos que se han hecho, una de dos: o ustedes no han acogido sino por su parte externa las doctrinas, y en ese caso es inútil difundirlas, o la sociedad en que viven es por sí misma un obstáculo.

-En ambos casos es preciso publicarla: en el primero para que pasemos de afuera adentro de las doctrinas; en el segundo, para que disminuyan los obstáculos.

-¿Disminuir? Quizás aumenten. A la verdad, como las doctrina más sinceras son las que resultan más radicales, tal vez escandalicen las sencillas que yo les he dictado. Mejor, ya que tanto empeño tienen los amigos de las buenas intenciones,  que solo se publique aquella parte de la Moral que se refiere a los deberes de la vida social.

-Pues bien, déjenos publicarla.

-Del país, y de ustedes es. Tómenla y publíquenla. (De Hostos, 2003, p. 7-8)

Mientras Hostos realiza su labor no existía en Santo Domingo una educación que pudiera calificarse de moderna, y prácticamente ningún pensamiento alternativo a la tradición escolástica. Según el decir de Pedro Troncoso Sánchez “...No existía un sistema de enseñanza conscientemente establecido, sino una rutina de las influencias derivadas del siglo XVIII. Naturalmente, en estas condiciones la presencia del ilustre pensador americano en el país a la altura de 1888 tuvo que producir una conmoción enorme” (Troncoso, 1956, p. 69).

El balance de Hostos, en torno a la realidad social dominicana, a la altura de los años 1875-1900, es lúcido y concluyente: “a excepción de unos cuantos dominicanos, que habían recibido el bien de la educación, y que eran portadores de una cultura intelectual superior a la media social, y una cultura moral muy superior a la de su tiempo; considera que la sociedad dominicana no ha superado las condiciones sociales y culturales de la colonia” (Morla, 2011, p. 140-141). Luego de este diagnóstico realista, fruto de la observación viva y concreta, realizada por Hostos, en sus constantes viajes por las regiones, provincias y parajes del país, se planteó la más radical de todas las preguntas, a saber : ¿cómo superar los males sociales? Respuesta: “el pueblo dominicano no puede desarrollarse y, por tanto, no puede mejorar las condiciones de su vida, ni realizar el fin de su existencia, sino gracias y mediante su continua y progresiva educación” (De Hostos, 1979 p. 186).

Alejandro Angulo Guridi (1823-1906), intelectual de relieve del siglo XIX dominicano, está entre los hombres que se destacan por su entereza y por las luces del entendimiento, tiene entre sus méritos, el haber defendido públicamente y sin rodeos, el ideal educativo de Hostos. En este sentido, tras la muerte del maestro en 1903, en medio de la calumnia de sus detractores, que trataban de manchar su legado y memoria, escribió un ensayo titulado, La escuela sin Dios, defendiendo el libre pensamiento, al escuela laica, y por supuesto el proyecto educativo de Hostos.  En la línea del jefe de la Escuela Normal, proclamó a los cuatro vientos el principio de la “educación para todos”, un reclamo social del proyecto ilustrado, de cuya “implementación esperaba una sociedad dominicana, tolerante, fraterna, en paz y unión” (Angulo, 2006 p. 32). 

Las ideas de Hostos y su proyecto educativo encontraron espacio y acogida en sectores liberales de la sociedad; también, oposición de fuerzas retardatarias que se opusieron al tipo de educación, basada en el libro pensamiento, la razón y la autonomía del sujeto, que el maestro de América se había propuesto instaurar en suelo dominicano. Dice don Pedro Henríquez Ureña que la “Escuela normal de Hostos (1880-1888), encontró oposición en los representantes de la antigua cultura…el enemigo  real estaba donde está siempre, en contra de la plena cultura, que lo es de “razón” y de “conciencia”, tanto de conciencia como de razón: estaba en los hombres ávidos de poder político y social, recelosos de la dignidad humana. El déspota local decía que los discípulos de Hostos llevaban la frente demasiado en alto” (Henríquez, 2003, p. 53).

Por otro lado, el padre Fernando Arturo de Meriño, jefe de la Iglesia Católica, por aquellos días en que Hostos puso a andar su proyecto de Escuela normal, encabezó la lucha en contra del movimiento de regeneración y de reforma educativa, y desde el púlpito dijo “...la lucha ha sido permanente, los errores traen todos data de siglos, los sofistas se suceden con sus mismas sofisterías y el ateísmo conserva su misma ponzoña, solo que este se mostraba antes envuelto en sombras, sin descubrir enteramente sus perfiles monstruosos, y tienen la gallardía de desafiar la luz al amparo de la impunidad; y sofistas y ateos se llaman siempre regeneradores, reformadores y servidores de la verdad, que ellos solamente poseen, apóstoles de la libertad, defensores de los derechos, sacerdotes de la razón, amantes de la justicia y cuanto más y mejor le viene a cuentas según las circunstancias”  (Meriño, 2007, p. 44).

La resistencia a las nuevas ideas no fue fácil, relata Bayoán Lautaro de Hostos, hijo del apóstol, que “la Iglesia por medio del clero desacreditaba ante sus feligreses a la Normal como “la escuela sin Dios”, los secuaces de Lilís Propagaban que era el recinto que fraguaba planes sediciosos al régimen constituido y aconsejábanle que enfrentara las ínfulas del director de aquel centro educativo…” (De Hostos, 1929, p. 31). Pero esto no se quedó aquí, el mismo Lautaro, cuenta también que en medio de los exámenes, Lilís, presidente de la República, y Meriño, jefe de la Iglesia de entonces, se pusieron de acuerdo, para que este último, junto a varios sacerdotes, se presentara en el aula, evidentemente con fines provocativos, pero la actitud serena de Hostos, hizo que todo transcurriera sin mayores consecuencias.

La Iglesia y el Gobierno  nunca dejaron de fustigar a la Escuela Normal, y su proyecto liberador, crítico y revolucionario, y se opusieron, porque no está en el horizonte de los poderes fácticos de la sociedad el desarrollo del pensamiento crítico, la forja de ciudadanos libres y moralmente valiosos, que planten cara a las injusticias y luchen por una sociedad mejor. Por eso se burlaban y despreciaban el trabajo de Hostos. El 11 de febrero de 1893, en la carta pastoral de ese día, Merino descargó toda su ira, su oscurantismo, su escolasticismo y su espíritu de inquisidor, dirigido a destruir el programa liberador y emancipatorio, de la primera escuela de hombres y mujeres libres que se creó en el país. Allí dijo que “...las principales causas de los graves males que, con asombrosa pujanza van causando la ruina espiritual de muchos en esta adolorida sociedad, cuáles son las pésimas doctrinas nutridas de impiedad que se propagan, y el abandono en que viven los fieles sin cuidarse de sus deberes cristianos, sujetos la mayor parte al yugo oprobioso de la concupiscencia, por la relajación de las costumbres…” (Meriño, 1893, p. 488).

La labor transformadora de Hostos constituyó un hito en la historia de la formación, la cultura y la educación del pueblo dominicano. La influencia posterior de sus discípulos en la vida nacional habla del éxito de la empresa hostosiana. Esta escuela trajo luz donde había tinieblas; método y sistema donde reinaba el caos y el desorden; razón, donde solo había instinto y pasión; principios éticos, donde primaba una moral espontánea y sin sentido; transformó moradores en ciudadanos conscientes; llevó espíritu crítico, donde solo existía la apología del poder y la aceptación reverente y conformista de los propios males sociales. Se puede decir de Hostos, lo que dijo José Martí, de José de la Luz y Caballero: “supo cuánto se sabía en su época; pero no para enseñar que lo sabía, sino para transmitirlo. Sembró hombres”  (Martí, 1975, p. 249).

El trujillismo y el proyecto hostosiano

La muerte física de Hostos se produjo en 1903, pero, para despecho de sus detractores, su ideal educativo, no corrió la misma suerte, se mantuvo vivo, y la prueba más evidente de ello, es que en 1956, a 53 años de la ausencia del maestro, en plena tiranía de Trujillo,  el intelectual insignia del régimen, Manuel Arturo Peña Batlle, organizó una encuesta en el periódico El Caribe, con el título, La influencia de Hostos en la sociedad dominicana, 46 de los más prominentes intelectuales de la época, respondieron  preguntas, y reflexionaron en torno a los tópicos siguientes: 1. La influencia de Hostos en la vida dominicana, 2. Significación de su laicismo en la trayectoria social del pueblo dominicano, 3. ¿Se inspira la Escuela nacional, según afirma Manuel Arturo Peña Batlle, en las ideas y sistemas del pensador antillano?

Pese a que se vivía en un ambiente desfavorable para el libre pensamiento y para toda expresión de laicismo, no se produjo el consenso esperado, aunque, ciertamente, la mayoría de los participantes en  la encuesta, respondieron diciendo que la obra regeneradora y educativa de Hostos, a la altura de 1956,  ya no tenía vigencia bajo los cielos de la República Dominicana.  ¿Qué era lo que se quería, 53 años, luego de la muerte de Hostos? Destruir la obra hostosiana en su simiente, para que no germinara y fructificara en el seno de la sociedad dominicana. Fue una venganza post mortem, una especie de ajuste de cuenta, de la Iglesia católica del momento y del Estado trujillista, contra el insigne maestro y su escuela, que resistió y venció al Estado lilisista y la Iglesia de Meriño, en las últimas tres décadas del siglo XIX.      

Lo que no toleraba la rancia ideología colonial y trujillista era el espíritu crítico, libre, autónomo y regenerador, que comporta y le da vida al pensamiento de Hostos, por eso en 1954, dos años antes de la encuesta aludida, se firmó un Concordato entre el Estado dominicano y la Santa Sede, que en su Art. XXI, contiene tres acápites, dirigidos a destruir la sustancia, el néctar, la vida misma, hecha espíritu, de la obra hostosiana. Cuando lanzamos la mirada acuciosa e indagadora al seno de la historia dominicana, nos encontramos con el hecho tangible, que cada vez, que un emancipador espiritual (Hostos, Bono, Bosch, etc.), emprendió el camino para llevar comprensión, educación, organización y criticidad a la sociedad, los poderes fácticos, se lanzaron sobre él, descalificando y apartándolo del camino elegido, antes de que su obra llegara a feliz término. Por eso estamos como estamos: empantanados en el presente, sin una visión crítica del pasado, y con una mirada pesimista del porvenir.

Conclusiones

El programa educativo de Hostos, de eminente contenido emancipatorio y liberador, tenía como objetivo promover un cambio de mentalidad de la sociedad dominicana, a fin de abrir las puertas del desarrollo de la modernidad, que el espíritu de Hostos, está acompañado por la implementación de un ideal de ciencia, de sociedad, de civilización y de progreso. Hostos, estaba convencido, que sin educación, sin libre pensamiento, sin disciplina de estudio y de trabajo, sin educar el carácter de los hombres y de las mujeres, que también incluyó en su ideal educativo, no había posibilidad de remontar  y superar el atraso de siglos, que como una herencia farragosa de la colonia, impedía el progreso de la sociedad dominicana

Los críticos y adversarios de la Escuela Normal, captaron el sentido transformador y regenerador del proyecto hostosiano, por ello lo combatieron sin descanso, e hicieron todo lo posible para que Hostos desistiera y se marchara del país.  Pero el apóstol se mantuvo firme, y no pudieron derrotarlo, de ahí, que en la era de Trujillo, ya muerto el maestro, los salomones del régimen, encabezados Manuel Arturo Peña Batlle, le dieron continuidad, ahora con más  sutileza y recursos de todo tipo,  a la labor destructora iniciada por el lilisismo, y su aliada la Iglesia católica, del único esfuerzo serio de emancipación espiritual, que ha existido en la República dominicana.


referencias

Angulo Guridi, A. (2006). Obras escogidas: Ensayos (Vol. XXIII, A. Blanco Díaz, Ed.). Archivo General de la Nación.

De Hostos, B. L. (1929). Eugenio María de Hostos íntimo. Editorial Montalvo.

De Hostos, E. M. (1979). Páginas dominicanas. Selección de E. Rodríguez Demorizi. Ediciones Taller.

De Hostos, E. M. (2003). Moral social. Editora Universitaria, Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).

Henríquez Ureña, P. (2003). Obras completas: Tomo V. Escritos políticos, sociológicos y filosóficos. Secretaría de Estado de Cultura, Editora Nacional.

Martí, J. (1975). Cartas inéditas de José de la Luz y Caballero. En Obras completas (Tomo V). Editorial de Ciencias Sociales.

Meriño, F. A. (1893). Carta pastoral para la Cuaresma del año 1893. En R. González (Ed.).

Meriño, F. A. (2007). Carta pastoral sobre la enseñanza cristiana (Tomo II). Publicaciones de la Academia Dominicana de la Historia y del Archivo General de la Nación.

Morla, R. (2010). Modernidad e Ilustración en Hispanoamérica: Una reflexión crítica en torno al ser antiamericano. Ediciones Búho.

Morla, R. (2011). Modernidad e Ilustración en Santo Domingo (Vol. CXXXIV). Archivo General de la Nación.

Troncoso Sánchez, P. (1956). La influencia de Hostos en la cultura dominicana: Respuesta a la encuesta del Caribe. Editora del Caribe.